En febrero de 1980 la localidad santafesina de Laguna Paiva era una pequeña ciudad de no más de 11 mil habitantes. Un pueblo grande o una ciudad chica, donde todos se conocían, todo se sabía y donde se cometieron delitos de lesa humanidad vinculados al accionar de represores que actuaron durante la última dictadura cívico-militar de la que ya se cumplieron 50 años de su inicio.