Hasta hace poco, si nos hubieran pedido perfilar a un tirador masivo típico lo habríamos descrito como un hombre de mediana edad, socialmente aislado y sumido en la desesperación. No estaba atrapado por una ideología política ni padecía una condición de salud mental como la esquizofrenia. Más bien estaba profundamente abatido por una crisis vital, quizá un divorcio o la pérdida del trabajo. Al atacar un lugar de trabajo o a un grupo de personas a quienes culpaba de sus problemas estaba a la vez cobrando venganza y, en los hechos o literalmente, suicidándose.